
El ossobuco a la milanesa es un grueso corte de jarrete de ternera cocinado lentamente hasta quedar muy tierno, con el hueso central que guarda un tuétano cremoso. La carne aparece envuelta en una salsa dorada y aromática de vino blanco, caldo y verduras, rematada por la frescura cítrica de la gremolada. En boca es rico, jugoso y aterciopelado, con contrastes aromáticos entre profundidad y frescura. Es un plato cálido y convivial, a menudo protagonista del almuerzo dominical, tradicionalmente acompañado de risotto al azafrán.
Para Milán el ossobuco es mucho más que un segundo plato: es uno de los símbolos de la cocina lombarda doméstica y burguesa. Representa la tradición de las largas cocciones invernales y el arte milanés de realzar cortes sencillos con técnica y equilibrio. Servido con el risotto amarillo, forma una de las parejas gastronómicas más icónicas de la ciudad.
Las primeras referencias escritas del ossobuco a la milanesa se remontan al siglo XIX en las trattorias y en las casas milanesas, cuando el jarrete de ternera se braseaba lentamente con mantequilla, vino y caldo. En origen el plato no incluía tomate, introducido solo en algunas variantes posteriores. La gremolada –picada de perejil, ajo y piel de limón– se ha convertido con el tiempo en la firma aromática que define la versión clásica.
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