
La farinata de garbanzos se presenta como una gran lámina dorada y muy fina, con bordes crujientes y un centro suave. El aroma del aceite de oliva y del ligero tostado de los garbanzos llena el aire apenas sale del horno de leña, donde se cuece en amplias bandejas de cobre. Al morderla es delicada pero sabrosa, con una superficie ligeramente crujiente y un corazón cremoso. En Génova se come recién hecha, a menudo de pie, como tentempié o street food para compartir.
La farinata es uno de los símbolos gastronómicos más reconocibles de Génova y de la tradición ligur. En las antiguas sciamadde del centro histórico, los hornos de leña continúan preparándola como hace siglos, transformando unos pocos ingredientes humildes en un ritual cotidiano. Es una comida popular que cuenta la identidad marinera y mercantil de la ciudad.
Según la tradición, la farinata nació en la Edad Media después de la batalla de Meloria (1284), cuando una tormenta empapó en los barriles una mezcla de harina de garbanzos y aceite a bordo de los barcos genoveses. La masa, dejada secar y luego cocida, dio origen a una especie de focaccia fina que conquistó rápidamente la ciudad. Con el tiempo la receta se perfeccionó en los hornos de leña de las sciamadde, convirtiéndose en uno de los pilares del street food ligur.
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