
Las tejas valdostanas son finas galletas doradas, ligeramente curvadas como pequeñas tejas de techo. Desprenden un intenso aroma a avellanas y almendras tostadas, con una dulzura delicada y un final mantecoso. Al morderlas son frágiles y crujientes, casi impalpables, y se deshacen rápidamente dejando un sabor cálido y envolvente. A menudo se sirven al final de la comida, quizá junto a una copa de helado o a una crema suave.
Para Aosta, las tejas son uno de los dulces símbolo de la tradición de la ciudad y representan la elegancia sencilla de la pastelería valdostana. Su nombre evoca los techos de piedra de las casas alpinas, recordando de inmediato el paisaje del valle. En los restaurantes y pastelerías locales son un final clásico e identitario de la comida.
Las tejas valdostanas nacieron en los años treinta en Aosta, en la histórica Pasticceria Boch. El nombre proviene de la forma arqueada que recuerda a las tejas de los techos alpinos, obtenida al moldear las galletas aún calientes. Con el tiempo la receta se difundió por todo el Valle de Aosta, convirtiéndose en uno de los dulces más reconocibles de la región.
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