
Las crescentine, también conocidas como tigelle, son pequeños discos de pan dorado cocidos entre placas ardientes que imprimen en la superficie su característico motivo decorativo. Por fuera son ligeramente crujientes, mientras que el interior permanece suave y caliente, perfecto para acoger embutidos, quesos y el aromático pesto modenés a base de lardo y ajo. Cada bocado alterna fragancia y sabor intenso, con aromas rústicos que recuerdan las cocinas de campo. A menudo se disfrutan en compañía, en el centro de la mesa, como un plato convivial entre el aperitivo y la cena.
Aunque nacieron en el Apenino modenés, las crescentine se han convertido también en Bolonia en un símbolo de la convivialidad emiliana, donde llenan las mesas de osterías y locales informales. Representan el arte local de transformar un pan sencillo en un ritual gastronómico compartido, acompañado por los mejores embutidos de la región.
Las tigelle toman su nombre de las antiguas placas de terracota —las “tigelle”, precisamente— entre las que se cocía la masa en los hogares del Apenino. Este pan campesino, difundido ya en la Edad Media, surgió como una solución práctica para cocinar pequeños panes sin horno. Con el tiempo se convirtió en protagonista de las trattorias emilianas, servido con embutidos y condimentos típicos.
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