
Los callos a la romana se presentan tiernos y envueltos en una salsa de tomate densa y aromática, salpicada por el verde fresco de la mentuccia y la nevada sabrosa del pecorino romano. Los trozos de callo, cocidos lentamente, se vuelven tiernos y jugosos, con una textura aterciopelada que absorbe la rica salsa. El aroma es intenso, entre hierbas aromáticas y queso curado. En Roma suele servirse como segundo plato contundente, ideal para un almuerzo convivial en las trattorias.
Los callos a la romana son uno de los símbolos más auténticos de la cocina capitolina y de la tradición del "quinto cuarto", nacida en los barrios populares alrededor del matadero de Testaccio. Representan el arte romano de transformar ingredientes humildes en platos llenos de carácter. Aún hoy cuentan la historia de una ciudad concreta, convivial y profundamente ligada a sus raíces populares.
El plato nació entre los siglos XVIII y XIX en las osterias frecuentadas por los trabajadores del matadero romano, donde las vísceras menos nobles se distribuían como parte del salario. Las familias romanas desarrollaron recetas largas y pacientes para valorizar estos cortes, cocinando los callos en tomate con hierbas aromáticas locales. Con el tiempo, la mentuccia y el pecorino romano se convirtieron en la firma inconfundible de la versión capitolina.
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